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Vidas Paralelas Y Dislexia Teórica: La Incoherencia del Petrismo


Empecemos con un ejercicio simple de comparación:


A se vendió como antipolítico, a pesar de que lleva más de dos décadas viviendo de la teta del Estado. B se vendió como antipolítico, a pesar de que duró más de cuatro décadas rodeándose de la crema y nata de la política de su país.


A prometió limpiar su país de corrupción. B prometió limpiar su país de corrupción.


No obstante, A se ha rodeado de algunos de los peores corruptos de su país. B también se ha rodeado de corruptos del sector público y privado.


A tiene hijos cuyas carreras políticas dependen de papá. B tiene hijos cuyas carreras políticas dependen de papá.


A, cuando perdió, no reconoció la victoria, reclamó fraudes y llamó a sus huestes a las calles. B, cuando perdió, no reconoció la victoria, reclamó fraudes y llevó a sus huestes a las calles.


A se ha codeado, durante años, con déspotas de toda la región. B se ha codeado, durante años, con déspotas de todo el mundo.


Aunque A se vende como un hombre del pueblo, en realidad tiene un estilo de vida que envidiaría el 99,9 % de habitantes de su país, incluyendo casas en barrios acaudalados, arte e hijos educados en las mejores escuelas. B se vende como un hombre del pueblo, pero es el heredero de un millonario y se convirtió en una marca.


A aprovechó las consecuencias de la pandemia para atizar a sus huestes. B aprovechó las consecuencias de la pandemia para atizar a sus huestes.


A esgrime teorías de la conspiración para darle alas a sus seguidores y atacar al gobierno que le ganó. B esgrime teorías de la conspiración para darle alas a sus seguidores y atacar al gobierno que le ganó.


A es Gustavo Petro (pero podría ser Andrés Manuel López Obrador o Cristina Fernández de Kirchner). B es Donald Trump.


¿Por qué empiezo con este paralelismo? Para ilustrar una de las peores características que tenemos cuando seguimos a un caudillo: lo que mi amigo Alexander Ríos (twitter @inverxia_co ) llama “dislexia teórica”. Es decir, el afán de atacar a nuestro opositor ideológico cuando comete errores sin ver lo que hacen nuestros afines. O, en palabras más comunes, “ver la paja en el ojo ajeno”.


Los casos sobran. Basta ver cómo hay negacionistas del Holocausto nazi o del Holodomor de Stalin. O aquellos que justifican a los déspotas de su interés, desde Perón y Trujillo hasta Bukele, Bolsonaro y Ortega. Seguramente, cuando revise a sus tuiteros opositores, encontrará muchos casos de esa dislexia teórica. Pero hoy, precisamente, me quiero concentrar en Petro y los suyos, quienes ejercitan esa falacia argumental con una destreza inimaginable.


Petro nos dice que su “Pacto Histórico” va en contra del “régimen de la corrupción”. Para ello, tiene un equipo de ensueño. Armando Benedetti, quien tiene investigaciones por millones de pesos que no se justifican en su declaración de renta y giros millonarios que no se corresponden, incluso, con el millonario sueldo de senador. Roy Barreras, quien descansa de hacer cabriolas entre partidos políticos para recibir la plata del predial en efectivo y en maletín Mont Blanc. Gustavo Bolívar, cuyas mediocres narconovelas le han dado el capital suficiente para construir un hotel en Girardot, pero no para pagar sus deudas con sus contratistas (Diego Díaz, Felipe Pasos) y con las empresas de servicios públicos a las que se reconecta ilegalmente. Bernardo Hoyos, el sacerdote con vocabulario de marchanta de plaza y años de condena por corrupción en sus periodos de alcalde de Barranquilla. Adelina Covo, suegra de Benedetti y receptora de megapensiones, cercana al parapolítico Javier “Chuzo” Cáceres (quien, acorde a su popular jingle de “chuzo pa’ los corruptos”, hace tiempo debió haber practicado el seppuku japonés). O Alfonso Prada, quien tiene sendas investigaciones por corrupción en el SENA.


Y mejor no hablo de su guardia pretoriana tuitera, que se debate entre los trinos pagados al mejor postor que les ofrece una firma de compraventa de influencers, las falacias argumentativas, los insultos descafeinados y repetitivos que le envían a quienes critican a su mesías nacido en Ciénaga de Oro, y las inquietudes sobre sus vidas antes de volverse las repetidoras de Petro. O de María Antonia Pardo, su jefa de prensa, inolvidable por su frase “el bebé habría muerto igual” cuando fue indagada sobre los bloqueos ocurridos durante el paro de mayo. ¿Y qué decir del propio Petro, quién habla de “colegio público” cuando mete a sus hijos en un colegio internacional propio de las familias más poderosas del país y, cuando no puede pagarlo, recibe el dinero en bolsas? ¿O de ese Petro que fustiga a los empresarios y a las familias que fomentan la desigualdad pero, por debajo de la mesa, contrata como relacionista pública a la prima del millonario más importante que haya dado este país?


Gustavo Petro es peligroso para la libertad, no tanto por sus ideas sino por su obsesión enfermiza con el poder absoluto. Ese 55/86 que repiten sus áulicos y validos (equivalente a los números necesarios para tener mayoría absoluta en Senado y Cámara) le permitiría a este Stalin en barbecho modificar todas las normas para hacer tabla rasa de nuestra frágil y pueril institucionalidad, construyéndola a su imagen y semejanza. Y en un país profundamente presidencialista como el nuestro, tenerlo allí, rodeado de algunos de los peores corruptos que haya tenido Colombia (y con la bendición subrepticia de Ernesto Samper, quien pasó de ser un mandatario cuestionado por sus vínculos con el narcotráfico a ser el embajador internacional de un régimen como el venezolano, cuestionado por sus vínculos con el narcotráfico), sería la consolidación de un culto a la personalidad digno, ya no de la ciencia política, sino de la teología comparada. Menos de la democracia representativa y más de las tardes de Jonestown.
















Imagen: https://blogs.elpais.com/.a/6a00d8341bfb1653ef01bb07981006970d-pi

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