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Todo Partió con la Desigualdad: La advertencia de Chile para Colombia


Mis amigos colombianos constantemente me están preguntando por qué en Chile surgieron las protestas en el año 2019 y no pocos me insisten en que dichas protestas fueron muestra fehaciente de que “el modelo fracasó” o de que “algo está queriendo decirnos el pueblo”.


Una de las editoras de este medio, Cristina Rojas, me propuso otra línea argumentativa: qué lecciones o advertencias puede rescatar Colombia de todo lo sucedido en Chile.


Lo primero que me gusta siempre aclarar es que cualquier dato mata al relato. Sí, el relato siempre nos parecerá más conmovedor y es más sencillo de defender, pero son los datos concretos los que realmente reflejan ciertas realidades.


Una de las razones por las que los sectores de izquierda de toda Latinoamérica se han dedicado a lamerse los bigotes con la supuesta “caída del modelo” en Chile radica justamente en que ya el terreno de los relatos sensibleros está bien ganado y nadie resiste una discusión con datos. Basta con ver el alboroto que se arma en Twitter cuando se toca el tema de la desigualdad: pocos soportan el cuestionamiento más básico y es que no puede existir un paraíso perfecto en donde todos somos iguales, porque entonces no sería paraíso sino infierno – pregúntele a un cubano, él vive la igualdad perfecta. La única manera de que todos tengamos “lo mismo” es igualándonos en la miseria, pero adentrarse en esa idea implica asumir que la libertad no depende del Estado.


Y parto por ahí porque mi teoría es que lo que está matando a Chile y su exitoso modelo es eso: el discurso de la desigualdad que se infiltró en todos lados. No dudo de que muchos de los igualitaristas furiosos que se paran sobre el discurso de que “el pastel está mal repartido” o, como suele decirse acá en Chile: “el chancho está mal pelado”, tengan buenas intenciones y realmente estén preocupados porque hay una proporción de población muy pobre con respecto a una muy rica y eso les parece injusto. Pero también es cierto que el camino al infierno está tapizado de buenas intenciones.


La batalla contra el discurso igualitarista ya está perdida, me temo. Nos guste o no, nos parezca terrible y reprochable su origen, lo que llevó a Chile a vivir un importante éxito económico y social fueron políticas de libre mercado aplicadas por un grupo de economistas (los famosos Chicago boys) que entendieron de qué iba la cosa, que se preocuparon más de la pobreza que de la desigualdad. Porque si a uno de verdad le importan los pobres, entonces le importa el mecanismo mediante el cual saldrán de dicha pobreza. Lo demás es populismo y sensiblería. El problema de todos los sectores de izquierda e incluso de esa mal denominada derecha que se le rinde al discurso igualitarista es que parecen estar más preocupados de mecanismos políticamente correctos que no resuelven el problema de raíz: a todos se les olvidó que un ser humano pierde parte de su dignidad cuando lo tratas como a un animal incompetente que necesita del subsidio del Estado para vivir una vida decente.


En Chile, el mal llamado “neoliberalismo” logró reducir la pobreza a de manera sostenida desde un 50% - legado del venerado mártir Salvador Allende – hasta un 7,8% en 2018. El PIB per cápita aumento de 4000 a 24000 USD y la tasa promedio anual de desempleo en 2018 cerró en 7,3%. Uno creería que, para ser un infierno neoliberal, Chile no lo hizo tan mal en los últimos 40 años, pero entonces se atraviesa el argumento de la desigualdad y todo lo bueno desaparece reemplazado por una idea que tiene todo de visceral y nada de racional: ¿pero de qué sirven tales logros si hay una enorme desigualdad? ¿si la brecha entre pobres y ricos es tan amplia?





El discurso de envidia que subyace a la desigualdad les impide a los chilenos (y no solo a los chilenos) entender que lo natural, lo lógico y lo esperado en un país que está intentando desarrollarse es que exista una brecha porque la pobreza se está reduciendo, la clase media está creciendo y la movilidad social está aumentando. La mayor libertad económica por regla general aumenta la riqueza de todos, del pobre y del rico. Y dado que la libertad económica trae esos efectos, planteo las siguientes interrogantes: ¿es más tolerable que seamos muy desiguales, pero menos pobres? ¿o preferimos ser todos iguales, pero más pobres?


Lo que pocos se han tomado el trabajo de analizar es que, en Chile, con el retorno de la democracia, los siguientes gobiernos no tocaron el modelo porque estaban conscientes de su éxito. Yo diría – y esto también se lo he leído a varios expertos – qué hasta el término del mandato presidencial de Ricardo Lagos, por allá en el 2006, el país se mantuvo firme en tratar de mantener las políticas liberales que le dieron su éxito. Los gobiernos posteriores, no obstante, se han encargado de aumentar groseramente el gasto público, la carga impositiva, de reformar negativamente la ley de pensiones y que regula las AFP, de quitarle flexibilidad al mercado laboral y etc. Si el exitoso modelo dejó de ser exitoso no es porque el libre mercado no funcione, sino porque nuestra clase política es mezquina y populista y no admite en ninguna circunstancia que el Estado no es la solución, sino el problema.


El fracaso del “modelo” no se debe a que su éxito estuviese manchado por el pecado original, sino a que desde hace no pocos años una revancha reformista se ha empeñado en quitarle dicha mancha al éxito, sin pensar por un minuto que miles de chilenos salieron de la pobreza gracias a las políticas exitosamente aplicadas en los años 80. Este comentario puede resultar desagradable para los más puritanos del estatismo y los “socialistas de todos los partidos”, como los definió Hayek, pero los Chicago Boys o, mejor aún, las ideas que sus mentores Milton Friedman y ‘Alito’ Harberger les enseñaron, sacaron a millones de chilenos de la pobreza, más de lo que cualquier político latinoamericano se puede jactar. Y, sintiéndolo mucho con quienes se transforman en energúmenos cuando leen esto, está ampliamente demostrado que atacar la desigualdad no elimina la pobreza. Chile logró disminuir sustancialmente la pobreza y curiosamente la desigualdad venía cayendo también, pero lejos de entender que lo primero era lo realmente loable, se encajaron en lo segundo para transmitir un resentimiento brutal que esconde bajo la alfombra una realidad innegable: el mejor subsidio para un pobre es un buen empleo, no la mano del Estado asistiéndolo y mientras más libertad exista, más pobres tendrán opciones para recibir ese subsidio vital.



Fuente:https://www.cepchile.cl/cep/site/docs/20160304/20160304100656/rev134_CSapelli.pdf



El discurso de la desigualdad, no obstante, tiene un disfraz de mucha humanidad, de falsa compasión y solidaridad: “todos tenemos derecho a ser iguales”. Pero cuando preguntamos por los mecanismos para lograr tan paradisíaca igualdad no existen otros que no sean la coerción, la redistribución en lugar de la generación de riqueza, el aumento de impuestos o el crecimiento del estado a niveles groseros.


A mí sí me interesan los pobres de manera genuina, por eso preferiría que el país en el que vivo liberalizara lo más posible su economía para que el pobre tenga realmente oportunidades, se pueda ganar su sustento, pueda estudiar, ahorrar, surgir, moverse y salir de su estado de pobreza y, además, pueda sentirse orgulloso de ello porque el mérito fue todo suyo.


Una de las razones por las que Latinoamérica no avanza y solo da pasos hacia adelante y hacia atrás, como lo han hecho Chile y Perú, es porque el discurso de la desigualdad ha instalado la idea fija del todo o nada, del suma cero: o somos todos ricos o somos todos pobres. El chileno fue un modelo imperfecto que dentro de su imperfección logró reducir dramáticamente la pobreza, crecimiento sostenido, disminución del desempleo y libertad económica para los individuos, pero eso no fue suficiente. Ahora los chilenos se empeñaron, en nombre de la ‘igualdad’ entre otras cosas, en retroceder más de cuarenta años en todo lo logrado.


Me quedo con lo que Milton Friedman dijo: "Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas".

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