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¿QUE HACER?

Ante los graves problemas que el país está viviendo, a los que puso la cereza del pastel la inoportuna y torpe reforma tributaria, la pregunta general es, ¿y ahora que hacer?


La dialoguitis que están proponiendo, parte de un gran supuesto errado: la contraparte quiere negociar. Y eso no es cierto; como en el caso de las farc, los del paro no ofrecen nada, y quieren todo. En ese caso, Juan Manuel Santos buscando su Nobel dio todo. La Minga indigena pide ser un estado dentro del estado, financiada con el presupuesto nacional. Fecode, Asonal judicial, ciertos sindicatos solo quieren un país socialista. Los "estudiantes" quieren todo gratis y apoyan las justas demandas de los otros. Las narcoguerrillas quieren el poder para montar otro estado mafioso como Venezuela. La ONU ve el gobierno como el enemigo de quienes ellos defienden, y lo quiere condenar. Por eso los sacaron de Palestina, África y otros lugares del mundo. La ONU ya no es arbitro, es jugador activo de los conflictos mundiales. Cada vez pierde más legitimidad.


Lo grave es que el gobierno quiere seguir manteniendo el régimen, agravado ahora por la visión colectivista que les permite a los corruptos disponer de cada vez más recursos para obras sociales, incluyendo claro, sus propias familias a las que quieren trasladar todos los recursos posibles de capturar. Las fuerzas militares, politizadas hace mucho tiempo en el generalato, ya no solo son políticamente neutrales, sino que son neutras. Es decir, inanes.


Entre esos dos contendores políticos, hay una gran masa inerme avasallada por medios de comunicación y redes sociales, todos con su agenda, educados sin sentido crítico por una educación políticamente militante que actúa más por instinto que por racionalidad. Ellos venden la idea que cuando su casa está en riesgo, un pañuelo blanco o una paloma, permiten "recapacitar" a los "desadaptados" que vienen por Usted, y le dicen que autodefenderse es criminal o lo ubica en el fascismo.


¿Qué hacer, se pregunta todo el mundo? La primera opción siempre es no hacer nada, seguir en la inercia en que venimos. Eso deja tres escenarios posibles: ganan los "socialistas", gana el "régimen" o gana la anarquía. El primero es, en mi concepto, el que va punteando, y ese es un camino sin reversa. El segundo es que se imponga el régimen mediante la represión e implante más colectivismo y más estado, lo cual solo retrasa la crisis definitiva. Y el tercero que la gente desesperada de tanto hampón (callejero en el escenario uno y de cuello blanco en el dos) se arme y entre a defenderse individualmente conduciendo a una anarquía destructora. No hay un cuarto escenario, que sería fortalecer la democracia y un modelo de generación de riqueza, abandonando ambas concepciones, porque ello requeriría una ciudadanía mayoritariamente convencida de esos principios y un liderazgo que los orientara, y ninguno de esos dos ingredientes están. Y, aun así, eso no se lograría sin lucha, pues los otros dos modelos no se van a dejar quitar por las buenas. El cuarto escenario es utopía. Creo que la anarquía es un terrible escenario, aunque el más probable si sigue la arremetida de los zurdos terroristas, y el régimen se congela, buscando sacar adelante su discurso colectivista mediante el diálogo bizantino.


Un número de la revista de geopolítica Foreign Affairs en español se titulaba, "América Latina, un crimen sin castigo", y el fondo de esta frase es que los regímenes extractivos latinoamericanos son el mejor caldo de cultivo al leninismo-maoismo, que nos ubica como región ya casi al nivel del África subsahariana. Colombia muestra ser un vivo exponente de ese crimen, cuyos peores días están por venir. Porque corregir implicaría primero una ratificación de lo fundamental mediante un referendo, que en sí mismo sería excluyente, pues quien pierda no querrá aceptar vivir mediante los principios del otro, al menos que se le imponga por la fuerza. Los dos modelos por plantear son excluyentes, no es un traje unitalla. La pregunta del referendo sería: "¿Usted está de acuerdo con un modelo de democracia liberal y economía de mercado, con un estado pequeño pero efectivo en actuar como árbitro de los intereses ciudadanos y garantizar un mercado sin sesgos, o prefiere Usted un estado social de derecho, donde el estado sea el regulador de la vida ciudadana ofreciendo a cada ciudadano la cobertura de todos sus derechos, sin contraprestación alguna, siendo el sector productivo orientado por el mismo estado al cumplimiento de sus fines sociales?". En cualquier caso, habría que desmontar el régimen actual; bien sea para lograr una sana economía de mercado o para montar un estado de tipo colectivista.


En el caso que la escogencia fuera una democracia liberal y una sana economía de mercado, se deben acabar las prebendas de sectores económicos y la eliminación de todo monopolio, sea estatal o privado, donde solo la sana competencia actúe, permitiendo el desarrollo privado sin que el estado sea un agente extractor de rentas y que tenga una estructura fiscal única y sana, que no cambiara a capricho del estado. Toda reforma tributaria adicional a la estructura fiscal básica debería aplicarse por referendo. El desarrollo sostenible debería diseñarse en lo local y consolidarse en lo nacional, haciendo efectiva la descentralización del país. En este modelo debería definirse también si seguimos con un modelo presidencialista, o pasamos a un modelo parlamentario. En el modelo parlamentario se separan entidades y funciones del jefe de gobierno y de jefe de estado, y en este quedaría las fuerzas militares y lo que hoy se conocen como departamentos administrativos, claro, los que sobrevivan. Si tuviera éxito se lograrían hacer las obras épicas que conecten un país fracturado. Pasará al menos una generación antes de ver resultados, y que estos se vuelvan cultura en el ciudadano.


Si se escoge el modelo del estado como el “gran padre”, las posibilidades de éxito en la práctica han sido bajas, por no decir nula. El estado de bienestar que tanto se pregona. ¿Por qué se pudo hacer esto en la Europa occidental de posguerra? Entre 1955 y 2020 la edad media de la población en Europa pasó de 29,5 años a 42,5 años, en un proceso de continuo envejecimiento de la población. En la medida que un país tiene una población mayoritariamente joven y un buen modelo de desarrollo, puede trasladar excedentes de los más jóvenes a los más viejos y de los más productivos a los menos productivos, al menos mientras la media educativa de la población se nivela. Esto al final se tradujo en que el estado podía asumir el costo de dar una base de bienestar universal. El Baby Boom “rejuveneció” a Europa, pero nadie se preparó para cuando envejeciera, y cuando esto llegó reventando todos los sistemas sociales, las gentes se fueron a las calles a exigir más estado de bienestar. Los “indignados” pensaron que el estado de bienestar a costo del estado era estructural, pero no, fue coyuntural. Para finales del siglo XX ya se vio que había que desmontar gran parte del costo estatal del estado de bienestar, como lo hizo, por ejemplo, la socialista Suecia; los países más avanzados, se ajustaron, los más atrasados, como España y Grecia recurrieron al populismo. Esta historia tiene un corolario terrible cuando uno observa que Europa aprovechó ser un país joven para montar un buen modelo de estado; América Latina, con una población joven montó modelos extractivos y de “indignados”, perdiendo su oportunidad en el desarrollo. Por eso, cuando Usted oiga hablar a algún “intelectual” o “analista” de montar una sociedad del bienestar, sepa que usualmente habla del pasado sin saberlo, pues el presente lo contradice.


Y todavía nadie ha podido crear riqueza con orientación estatal; es más bien un contrasentido. Excepto, cuando cumple bien su función de árbitro, el estado como emprendedor o guía de emprendedores es un destructor de valor neto. Si este modelo ganara el referendo, lo cual es posible en un país con crecientes índices de pobreza en todos los estratos, traería tranquilidad momentánea, pero volveríamos al mismo punto en un tiempo. Pero como gana la mayoría, la minoría buscará irse, aunque el estado intentará “semiexpropiarlos” antes de dejarlos ir.


Siempre oí decir que este país era muy resistente, pero parece que se nos acabó la pared como al borracho. Los sistemas complejos, que se caracterizan por tener efectos muy distanciados en el tiempo de las causas, sin proporcionalidad entre las dos; cuando estos efectos son infinitamente mayores a las causas, se les llama sistemas caóticos. Los países son exponentes clásicos de este tipo de sistemas. De ahí salió la famosa frase que un aleteo de mariposa en Pekín podía producir una tormenta de nieve en Nueva York, y en Colombia tenemos un ejemplo de este calibre. Aunque Colombia desde su creación como estado ha avanzado hacia su autodestrucción, pues nunca logró ni siquiera unidad física, un evento aceleró fuertemente este destino: la reelección inmediata de Álvaro Uribe Vélez. Para defender esta cambio constitucional el entonces presidente dijo que solo era cambiar un “articulito”. Pero cambiar ese articulito llevó a la historia en la que estamos desembocando, y para comprobarlo, baste con decir que los dos designados sucesores suyos, Juan Manuel Santos e Iván Duque, destruyeron el uribismo. Los sistemas complejos, y más los caóticos, deben tratarse de manera integral, teniendo claros los procesos subyacentes. Actos aislados de diálogo insulso no van a lograr el objetivo de arreglar la actual situación, y solo el futuro nos mostrará los efectos de los dialoguitos.




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