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Las Dos Caras de Petro

El poeta español Antonio Machado decía que las cosas había que mirarlas de frente y al sesgo. En el caso del hoy senador Gustavo Petro, también hay dos formas de verlo: como el político de izquierda Gustavo Petro, al que los medios de comunicación lo tienen siempre en primera plana y quien se vende como un líder antisistema, y el Petro que es el mascaron de proa de un proyecto de la izquierda para alcanzar el poder, en un trabajo constante que hoy cuenta con alfiles bien ubicados en toda la estructura del estado y en la sociedad. En esta última vista, Petro es la cara visible de una estrategia que la izquierda latinoamericana planteó hace años para tomarse el poder en Latinoamérica, que ha sido ayudado por la izquierdización de la política estadounidense y el viejo mamertismo europeo.


En el primer caso, Petro como político es un buen comunicador, pero su permanente registro en medios es más un síntoma de la mamertización que se tomó el país después de la repartición de mermelada del Nobel, para buscar apoyo a su proyecto de “paz”. Nunca en la historia, se había irrigado el presupuesto público hacia los medios y periodistas individuales como en el segundo período del gobierno Santos. De esa época quedaron una multitud de columnistas pro-paz que llevaron a que la objetividad periodística muriera en los publirreportajes por la “paz”. Y claro, con ese giro a la izquierda, el estado se tornó agresivamente hacia una versión de estado social-ista de hecho, colectivista, de estado con gigantismo, después del golpe de Estado que los poderes públicos hicieron contra la voluntad popular en el plebiscito que ganó en NO, que se tradujo en una debilitación de la democracia liberal y la economía de mercado.


Petro, como político con una sola idea y para quien todas las formas de lucha son válidas, encontró tierra abonada en este nuevo marco institucional que nos dejó el Nobel, y logró posicionarse como el líder de la izquierda en las pasadas elecciones presidenciales. Además de eso, Petro y en general toda la izquierda, santo-samperismo incluido, montaron una táctica política que les dio excelente resultado: volver a Uribe el representante del “fascismo” colombiano y el responsable de todos los males. Aunque Petro era el riesgo socialista, Uribe era el riesgo fascista. Eso hicieron los socialistas en Venezuela con Carlos Andrés Pérez y en Perú con Alberto Fujimori y sucesores. El problema más que de Petro es del elector colombiano, que en ese mar de odios se volvió absolutamente irracional y acoge una línea a pesar de cualquier evidencia en contra. Las bolsas de dinero que recibió Petro de un contratista, su pésima alcaldía de Bogotá, sus malas juntas con personajes como Gustavo Bolívar y el maltratador Holman Morris, nada de eso afecta su imagen ante sus seguidores, en su mayoría con profundos odios a Uribe. En ese esquema han logrado que los llamados “falsos positivos”, que jamás se ha probado que los ordenara Uribe son más graves que las 200 mil victimas de las farc; que los escándalos de los vástagos Uribe sea peor que el robo estructural de Odebrecht en el gobierno Santos; que el exministro Arias merezca cárcel y Jesús Santrich haya quedado libre por la “confianza” que en él tenía el presidente de la Corte Suprema de Justicia. Y ese mamertismo irredento que se tomó las direcciones editoriales de los medios de comunicación, decidió convertir a Petro en la vedette política de Colombia, y por eso hable de lo que hable, lo publican. Si todavía hay mermelada, esta vez no se sabe de qué “fuentes”, pero como la viuda alegre, el periodismo prefirió perder el honor que la mermelada.


El Petro político siempre está vigente como contradictor válido y eso lo hace un riesgo permanente.


Pero el peligro mayor está en el otro Petro. El foro de Sao Paulo hace mucho definió una estrategia para erosionar los gobiernos legítimamente elegidos del continente latinoamericano, con un excelente análisis geopolítico de los regímenes extractivos existentes, y por tanto basados en la corrupción, y su mar de contradicciones. Y parece que tenían razón: con un empujón los regímenes hicieron agua.


Ahora, no solo ellos analizaron a los regímenes existentes, sino también lo hizo el narcotráfico, quienes llegaron a la conclusión que era más seguro aliarse con la izquierda que con el estado; después de todo, detrás de ella estaba la justificación del crimen político en el imaginario del “conflicto”. Es curioso que en Colombia se decretó la paz, pero nunca se decretó la guerra y eso hizo que la “guerra” se peleara con normas de policía, lo cual convirtió a las fuerzas de seguridad en “violadores de los derechos humanos”. Vieja estrategia de la izquierda. La guerra se debe pelear con reglas de guerra; no se enfrentan fuerzas militares contrarias bien armadas y terroristas con el código de policía. Esa alianza izquierda-narcotráfico que ya se vio en los años 80 en el ataque al Palacio de Justicia, se volvió a manifestar en la Constituyente de Gaviria en la campaña antiextradicción que finalmente ganó. Y la cárcel la Catedral de Pablo Escobar fue un ejemplo de impunidad que alcanzó su clímax en el acuerdo de la Habana. El narcotráfico tenía los recursos para impulsar la estrategia política de la izquierda.


Con la Constitución de 1991, y su nebuloso Estado Social de Derecho, solo era cuestión de lograr que a las Cortes ingresaran magistrados “pro-paz” que fueran redigiriendo el misil hacia el estado colectivista que buscaban. Magistrados como Carlos Gaviria Diaz hicieron su trabajo y se convirtieron en líderes de la izquierda y después en prócer de esa lucha. Pero lo más grave de esto fue la politización de la Justicia y la judicialización de la Política. Hoy, las Cortes están llenas de políticos y el Congreso lleno de juristas, todos básicos en cuanto a justicia pues los grandes juristas se desaparecieron en la academia. Y la dialéctica mamerta se extendió por toda la sociedad con su concepción ilimitada de derechos, el estado como pleno dador de todo, el movimiento popular y todo eso que hoy oímos y nos parece normal. Acondicionamiento mental se llama en sicología. Ya sindicatos de izquierda como Fecode-Polo hicieron su trabajo de acondicionamiento mental de los jóvenes, y otros como Asonal judicial, asumieron como válido el discurso izquierdista.


El gobierno Samper marcó un parteaguas en esta estrategia, cuando quedó clara la vinculación narcotráfico-política que colocó a Colombia como un narcoestado ante el mundo. Ernesto Samper fue el primer presidente en ejercicio en quedarse sin visa a los Estados Unidos. La debilidad estatal que surgió del intento de sobrevivencia de esa administración disparó el gasto público sin visión de gobierno y dejó a las fuerzas militares acéfalas, lo que aprovechó la narcoguerrilla para posicionarse. Con la toma de una capital departamental, Mitú, la guerrilla mandó el mensaje de ser un verdadero poder para retar al estado. Eso trajo la “paz” a la escena pública y apareció el primer intento de apaciguamiento con el proceso del Caguán, que no se cerró por la soberbia guerrillera. Ante la finalización del proceso, surge el plan Colombia, donde los gringos aceptan operaciones contra las narcoguerrillas y hacen reingeniería a las fuerzas militares con la creación de los comandos conjuntos que empezaron a lograr éxitos. Ante el hartazgo ciudadano con la soberbia guerrillera y la grotesca clase política, votó por un recién aparecido Álvaro Uribe quien enfocó su mandato en una lucha frontal contra la narcoguerrilla, aún a costa de debilitar aún más la estructura del estado con el cambio del articulito de la reelección inmediata. El narcotráfico volvió y se orientó hacia el lado del estado con la creación de la AUC. El proceso de “paz” con ellos, otra manera de apaciguamiento terminó mal, pues el apaciguamiento siempre sale a deber. Los éxitos del gobierno Uribe en su lucha contraguerrillera, alertaron las fuerzas de izquierda que ya venían actuando en el estado, como las Cortes, y era claro que vendría un enfrentamiento ente ambas corrientes. Uribe intentó desmontar a las malas a la izquierda de las Cortes y estas se juraron enemigas del uribismo. En este maremágnum de debilidad estatal vino el gobierno Santos, el cual, impulsado por Enrique, el hermano izquierdista del Nobel, junto a la megalomanía de Juan Manuel Santos por reconocimiento internacional, llevaron el país al tercero y último y más vergonzoso acto de apaciguamiento, el proceso de paz de la Habana. Para ese momento ya la guerrilla no solo era socio del narcotráfico, sino que eran narcos por derecho propio. El proceso de paz de la Habana destruyó la poca institucionalidad que quedaba del antiguo régimen y entregó el país a sus antiguos enemigos con la bendición de la comisión Nobel; ahora se arrepienten de ese error, pero el daño estaba hecho.


Hoy, el poder jurisdiccional no solo juzga también legisla y su vigor político está más fuerte que nunca, lo que se perdió fue la justicia. El gobierno Santos intentó y logró desmantelar gran parte de la voluntad de lucha de las fuerzas militares e infiltró militares pro-paz en sus filas, que llegaron hasta a desarrollar estructuras militares que atentaran con terrorismo contra las mismas fuerzas militares, como lo muestra el caso de la bomba en la brigada de Cúcuta. La narcoguerrilla amplió sus horizontes y se alió con el narcoestado venezolano, amenazando a Colombia desde todos los frentes, en particular en el Catatumbo que se entregó a la guerrilla como “territorio de paz”, en el marco del acuerdo de la Habana.

Desesperados en Colombia votamos por un político joven e inexperto, que ante la debilidad del régimen político colombiano optó por seguir jugando la carta colectivista para pagar “derechos”. No desmontó el estado santista, ni siquiera en las fuerzas militares, y jugó al centrismo, todo lo cual se empeoró con la llegada de la pandemia, que puso el estado en cuidados intermedios. Ante las necesidades de apoyar a los más necesitados pasó la reforma tributaria recurrente, propia de un estado con gastos sin límite, y en eso, la izquierda vio la oportunidad de poner la última táctica en ejecución: tomarse las calles, generar desestabilización y dar la impresión de que el “pueblo” estaba contra el régimen. Como eso no es totalmente cierto, la calle se tomó por todo tipo de grupos de choque que generaran violencia y obligaran a usar la fuerza legítima del estado, para acusarlo de persecución popular y represión, la que el sector judicial estaba listo para “castigar con todo el peso de la ley”. Hoy la pelea es de tigre con burro amarrado, siendo éste el estado colombiano actual el burro amarrado. Y Petro ahí, alimentando la hoguera con ayuda de sus amigos, como el escritor de novelas narco Gustavo Bolívar; en toda esa logística, costosa y compleja de calle para convertirla en una acción crónica y brutal, se ve la mano del narcotráfico. Manifestaban los de siempre: los estudiantes extremistas, los indígenas que defienden su derecho a sembrar y producir coca como parte de su independencia étnica, fecode, asonal judicial, centrales obreras y otros del mismo perfil, mientras estas manifestaciones pacíficas “siempre se infiltraban” por milicianos y vándalos. Cómo en la Constituyente del 91, el proceso del Caguán, el proceso de los paramilitares o el proceso de la Habana, siempre se ve detrás la mano del narcotráfico, que también subió sus expectativas: ahora quiere contar con países propios desde donde operar, como sucede actualmente con Venezuela. Colombia, por otra parte, es geoestratégicamente importante por sus dos costas y su topografía para el negocio, que ahora no solo incluye el narcotráfico, sino el contrabando de productos, armas y personas, extorsión ciudadana y expoliación de los presupuestos públicos. El fracaso del régimen colombiano es su mejor justificación.


Gustavo Petro es solo la punta del iceberg para la captura total del estado colombiano con una nueva figura: el narco-socialismo, mejor conocido entre la gente como el socialismo del siglo XXI. El peligro de Gustavo Petro no solo es él, es a quienes representa, y lo peor es que puede ser prescindible: si la cosa con la población se vuelve muy tensa, Petro puede ser quemado, pero no desparecido, pues renacería como el ave fénix de la mano del falso centro, que es el caballo de Troya que la izquierda quiere usar para tomarse el poder en 2022. El santo-samperismo junto con la “centro” izquierda se alejarán de los “extremos” de Petro y Uribe para la primera vuelta, pero si para la segunda se repite el escenario Petro versus otro, se unirán a Petro en nombre de la sagrada “paz”; si Petro no pasa, pero si uno del falso centro, sea Alejandro Gaviria o un verdirrojo, Petro se unirá a ellos en nombre de la sagrada “paz” para profundizar el estado social-ista de hecho. En la película Parque Jurásico nos mostraban como los velociraptores cazaban en manada, llevando su presa a un campo de muerte y mientras ésta se preocupa por el que velociraptor que tiene al frente, el ataque viene por un lado de un velociraptor que ni habíamos visto. El peligro es que ya nos llevaron al campo de muerte y que en el ataque final solo veamos al velociraptor Petro que tenemos de frente y no a los velociraptores que por los lados van a intentar matar el estado colombiano. Petro no es solo Petro, es el narco-socialismo que ha seguido al pie de la letra la táctica socialista para la toma del poder.


¿Tenemos salida? Sí, pero es muy difícil. Lo primero es entender que el socialismo, como los parásitos, se alimentan de cuerpos enfermos, y el régimen colombiano está muy enfermo. Esa concepción de economía extractiva, centralismo irredento y barreras de entrada al poder político han convertido al estado en botín, lo cual explica porque tanto pillo llega a la política. Donde hay rumba allá llegan los rumberos.


Derrotar el socialismo pasa por derrotar el régimen, para orientarlo hacia una verdadera democracia liberal con real economía de mercado, en un estado físicamente unitario mediante el desarrollo masivo de infraestructura y una descentralización efectiva. Es más no se requiere constituyente: solo basta desarrollar la vertiente descentralizadora de la Constitución del 91, que obligaría a reencauzar el estado social-ista de hecho, eso sí, una vez se logre hacer quimioterapia en el sector judicial, lo cual a su vez requiere recuperar el legislativo con unas aplastantes mayorías democráticas que desmonten lo que la izquierda ya montó. Al igual que Petro no es solo Petro, derrotar el socialismo pasa por reorientar el legislativo quien actuaría como “enrutador” del sector judicial, por lo cual no solo sirve votar por Petro sino por un buen Congreso, identificando bien los velociraptores. También se deben recuperar las elecciones regionales, sin las cuales cuál esfuerzo descentralizador moriría en la politiquería local.


Pero lograr un voto inteligente mayoritario cuando la mayoría aún cree que análisis como el de este artículo son solo pensamientos pesimistas, cuando no locuras uribistas, y no se insinúa un solo dirigente nacional que maneje este discurso es lo que llama a la desesperanza. Y encontrar líderes con este discurso, que hoy solo se empieza a observar en una juventud pensante, es cuando menos una utopía. La muerte de cualquier organismo proviene del desgaste de su lucha diaria y de una falsa identificación de sus males, y esa es la radiografía de Colombia 2021.




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