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¿DE QUIÉN ES LA TIERRA?


Ahora que está arrebatada la minga indígena, quienes se declaran dueños de Colombia por su residencia ancestral, es bueno recordar de dónde venimos.


Los estudios arqueológicos y paleontológicos ubican la aparición de la especie Homo Sapiens hace unos 150 mil años en algún sitio del norte de África y todos los sapiens que estamos en el planeta, sean vándalos o no, mamertos o no, indígena, negro, amarillo, blanco, y todo tipo de mestizos se supone venimos de dos hembras, llamadas en la literatura, Y y X.


Obviamente, como todos los demás animales, éramos nómadas cazadores-recolectores y se conoce que los primeros asentamientos semi-permanentes se dieron en los deltas de los ríos Nilo, Tigris y Éufrates cuando inicio la agricultura y el sedentarismo entre hace unos quince y doce mil años. Por eso, el mundo antiguo es oriental.


Lo primero a concluir es que cuando apareció la especie, que se autodenomina Sapiens – es decir sabia, cosa en que la naturaleza no está de acuerdo – ya había una múltiple variedad de animales. Por lo que podemos decir que estos, fueron los primeros vertebrados en el planeta, y siguiendo la lógica de la minga, todo debía ser de ellos, incluso las plantas de coca, que también ya existían. Para ese entonces ningún ser habitaba aún el continente americano.


Hace unos nueve a diez mil años, durante la última glaciación, America y Asia se unieron por el puente de hielo del hoy estrecho de Behring, y por ahí pasaron animales y los primeros pobladores de America. Razón por la cual, siguiendo la lógica de la minga, América debía ser de Asia. Obviamente la conexión fue por Alaska, en una época en que todo era hielo, incluyendo el norte de Canadá.


Por el lado Atlántico y varios siglos después de la última glaciación, Europa y el norte de África empezaron a conectarse vía marina, y esa exploración que también duro siglos, finalmente llevó a africanos y europeos a Suramérica, en una época cuando la geografía mundial no era la misma de hoy y que debía haber muchas islas ya desaparecidas. Eso sucedió hace unos seis o siete mil años. Los primeros pobladores de Suramérica eran también africanos y europeos. El desarrollo endógeno de las civilizaciones indígenas se empezó en ese momento, y fue liderada por las tribus que exterminaron a las otras. Los indígenas se establecieron en Suramérica como todos los animales de su especie, a golpes de violencia. El imaginario del indígena, uno con la naturaleza, es solo eso, un imaginario. Las grandes especies animales del sur, como el perezoso gigante fueron exterminados por nuestros indígenas.

¿De quién es la tierra? La respuesta es: de todos, no solo en espacio, sino en tiempo. La tierra es de los ancestros, pero también de los actuales habitantes, y, sobre todo, de los descendientes. Asignarse la propiedad de la tierra por derecho ancestral es ignorancia abusiva e ideologización grotesca.


Pero ¡cuidado!, que al decir de todos no se caiga en la sandez comunista que todo me pertenece a mí como individuo de una especie. No existe eso de un ser lleno de derechos. Aunque todos tenemos derecho a un lugar sobre la tierra, alcanzar el disfrute de ese derecho implica el deber de ganárnoslo. Todos los animales deben, día a día, buscar su sustento y cobijo, pues si no lo hacen quedan condenados a desaparecer. Y todo animal debe respetar el lugar del otro. Quien haya visto solo un documental de National Geographic sabe que el lugar que ocupe un felino, un simio o un rinoceronte, para compartir con sus hembras la reproducción no puede ser invadido por otro. Si un rinoceronte haciendo uso de su derecho se rinocerontez ocupa el lugar de otro o quiere aparearse con sus hembras, lo más probable es que se gane una buena cornada o la muerte. Cada cual debe buscar su espacio o perecer intentando robar el de otro.


Ahora, la naturaleza tiene recursos limitados para mantener todas las especies. No hay manera natural de mantener ocho mil millones de seres de una especie, por muy sapiens que se crea. Esa especie debe producir riqueza adicional para mantener esa explosión demográfica.


La creación de la sociedad humana es el hito que permitió el avance material de la especie, a pesar de la limitación de recursos, y querer mirar modelos pasados para nuevas realidades solo es una muestra de un rasgo muy humano: la estupidez. Solo lo racional nos puede embocar en un camino de convivencia de la especie, empezando por reconocer el derecho animal, a quienes estaban aquí cuando nosotros aparecimos. Reconocernos como animales es un buen comienzo, para dejar de actuar como animales bestias. Y el mejor modelo sostenible será aquel que permita que cada miembro de la especie sapiens se gane su sustento y decida con su pareja que futuro quieren, no el que busque la igualdad total, que es antinatural y solo lleva a la esclavitud de una idea. Igualdad de oportunidades entre iguales permitirá en la sociedad humana la magnífica variedad que vemos en la naturaleza, y abandonar de una vez por todas la uniformidad de traje azul de Mao o de traje gris de Hitler, sistemas que han buscado igualar a todo su pueblo-masa.


La inclusión es el camino a una mejor convivencia de la especie que comparte los mismos demonios de los siete pecados digitales, pero distintos dioses, en cuyo nombre siempre se ha matado. Esa inclusión, incluye reconocer derechos de minorías, que respeten a los demás, y que no usen su condición especial como patente de corso para afectar los derechos de los otros en nombre de pacha mama, la “etnia”, la supremacía blanca o la raza nórdica.



Imagén de: https://www.eltiempo.com/colombia/otras-ciudades/cuantas-tribus-indigenas-tiene-colombia-actualmente-108064


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